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jueves, 23 de octubre de 2014

El genoma más antiguo de nuestra especie aclara el cruce con los neandertales

Los restos de un 'Homo sapiens' que vivió en Siberia hace 45.000 años permiten concretar que ambos homínidos tuvieron hijos hace unos 55.000 años
 
Svante Pääbo, a la izquierda, sostiene el fémur hallado en Siberia / Nature
La historia de nuestra especie es como un queso suizo. Desde la aparición del Homo sapiens en África hace unos 250.000 años, nuestras peripecias por el mundo son un compendio de partes alimenticias y agujeros llenos de nada. Gracias a los restos humanos que se han encontrado hasta la fecha, hay épocas en las que conocemos cómo vivían nuestros ancestros, con qué animales lidiaban e incluso con qué otras especies tuvieron hijos. Luego hay agujeros que abarcan decenas de miles de años de los que desconocemos casi todo. Es como si cerrásemos los ojos un día cualquiera de los felices años veinte y al abrirlos estuviésemos en el Berlín arrasado de 1945.

Hoy un viejo hueso encontrado en Siberia llena uno de los agujeros de ese queso. Se trata del fémur renegrido de un hombre de edad desconocida que vivió hace 45.000 años, los restos más antiguos de nuestra especie que se han encontrado y datado de forma directa en Europa y Asia, según sus descubridores. Un equipo de investigadores en Alemania, Rusia, España, Francia, EEUU, Canadá y Reino Unido ha logrado secuenciar el genoma completo de aquel individuo y aclarar episodios importantes en nuestra historia, como la fecha aproximada del cruce con los neandertales, el origen de la división que dio lugar a los asiáticos y los europeos o incluso el menú de nuestros ancestros poco después de que llegasen a Europa desde África.

La dieta que consumimos deja una marca en los huesos. Se trata de una determinada proporción de isótopos de carbono y nitrógeno que indican qué comía una persona de cinco a 10 años antes de su muerte. El médico e historiador español Domingo Salazar-García ha sido el responsable de analizar los isótopos del fémur hallado en Rusia. “Lo que encontramos es que, además de carne de animales terrestres, también consumían proteínas provenientes de cursos de agua dulce, peces o cangrejos de río, por ejemplo, y esto es algo que no se ha encontrado nunca en restos neandertales”, explica el experto. Los datos apuntan a que los humanos modernos supieron adaptarse bien a su nuevo entorno en Eurasia y tener una dieta variada. “Esto en parte puede explicar por qué acabaron teniendo éxito y sobrevivieron, al contrario que los neandertales”, señala Salazar-García, que trabaja a caballo entre el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, la Universidad de Valencia y la Universidad de Ciudad del Cabo, en Suráfrica.

El fémur fue hallado al Oeste de Siberia, a las orillas del río Irtish, un gran curso fluvial que nace en China y llega a Rusia tras cruzar Kazajistán. El genoma de aquel hombre, el más antiguo que se ha obtenido de nuestra especie, permite comparar mucho mejor a los humanos que vivían en Europa en aquellos tiempos: sapiens, neandertales y un tercer grupo conocido como denisovanos y cuyos restos también se encontraron en Siberia. Esto ha permitido afinar la fecha en la que los Homo sapiens y los neandertales se cruzaron teniendo descendencia fértil. Fruto de aquel cruce, todos los humanos procedentes de fuera de África tienen en torno a un 2% de ADN neandertal. Según el nuevo estudio, publicado hoy en Nature, el cruce entre ambas especies sucedió hace unos 55.000 años (5.000 años arriba o abajo). En otras palabras, las dos especies se habían cruzado unos 10.000 años antes de que naciera el hombre cuyos restos se encontraron a orillas del Irtish. Hasta ahora la horquilla temporal era mucho mayor, de entre 86.000 y 37.000 años, según ha explicado Chris Stringer, experto en evolución humana del Museo de Historia Natural de Londres.

El estudio ha sido dirigido por Svante Pääbo, investigador del Instituto de Antropología Evolutiva Max Planck y también responsable de la secuenciación de los primeros genomas de neandertales y denisovanos. En su estudio han comparado el nuevo genoma con el de 50 poblaciones humanas actuales. El individuo de Siberia parece más emparentado con los actuales europeos y asiáticos que con los africanos, lo que indica que perteneció al grupo humano que abandonó África y llegó hasta Europa. Las comparaciones genéticas con humanos actuales también apuntan a que aquel hombre vivió aproximadamente en el tiempo en el que se separaron dos grandes ramas del árbol humano. Una se dirigió hacia Asia y la otra hacia Europa.


“Puede decirse que era el ancestro de todos los europeos y asiáticos”,explica el paleoantropólogo Carles Lalueza-Fox, que trabaja en la Universidad Pompeu Fabra y el CSIC. Lalueza-Fox no ha participado en el estudio, pero fue uno de los revisores del estudio. “Es un trabajo importante porque nos acercamos mucho al momento de la hibridación, de hecho aquel individuo estaba mucho más cerca de ese cruce que de nosotros", destaca. El investigador también encuentra plausible la hipótesis sobre la dieta de los primeros humanos modernos de Europa. “Una de las cosas que siempre se encuentran en yacimientos de humanos modernos son arpones de hueso en zonas donde no había mar, lo que nos indica que pescaban; es algo que nunca se ha hallado en asentamientos neandertales”, apunta.
 

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Una nimia diferencia que nos hace hablar

El gen del lenguaje es casi igual en humanos y chimpancés pero sus efectos en el cerebro son radicalmente diferentes

JAVIER SAMPEDRO - El País - Madrid - 11/11/2009
Aunque un siglo de neurología ha mostrado que el cerebro está hecho de centenares de módulos especializados, la genética no ha encontrado lo que cabría esperar de ello: centenares de genes específicos de cada módulo. La gran excepción es FoxP2, "el gen del lenguaje", cuyas mutaciones eliminan la capacidad humana del habla. Una paradoja es que el gen existe en todos los vertebrados, y que nuestra versión sólo difiere en dos detalles de la del chimpancé. Pero Daniel Geschwind y su equipo de la Universidad de California muestran que esa mínima diferencia tiene efectos drásticos en las neuronas humanas.

Anthony Monaco y sus colaboradores de la Universidad de Oxford descubrieron en 2000 un gen cuyas mutaciones destruyen la competencia gramatical sin afectar necesariamente a otras funciones intelectuales. En la familia que analizaron, 15 de 29 miembros a lo largo de tres generaciones se mostraban incapaces de distinguir los fonemas dentro de una palabra, de generar inflexiones a partir de una raíz, de comprenderlas si no las habían aprendido previamente de memoria y de producir con naturalidad estructuras sintácticas. Los investigadores pudieron demostrar que la responsable de todos esos defectos era una mutación en FoxP2. Se le conoce desde entonces como el "gen del lenguaje".

En los pájaros, el gen FoxP2 está implicado en el canto. Más en general, en las especies vocales (o que emiten algún sonido por la boca) el gen afecta a la coordinación de los músculos implicados en la vocalización. Pero, más en general aún, FoxP2 es necesario para la coordinación de los movimientos en los vertebrados, incluidos los movimientos faciales. "Los problemas para organizar las secuencias motoras, o con el aprendizaje de procedimientos, incluidos los de la cara y la boca, se pueden manifestar en la especie humana como un trastorno del lenguaje", explican en Nature Martín Domínguez y Pasko Rakic, neurobiólogos de la Universidad de Yale.

FoxP2 ha resultado ser uno de los genes más estables a lo largo de la evolución que se conocen. Un gen es un texto que contiene la información para fabricar una proteína. Éstas son largas cadenas de aminoácidos. La proteína FoxP2 es una cadena de 715 aminoácidos. El gen humano y el del ratón sólo difieren en tres de los 715, y una de ellas es común al ratón y al chimpancé. Sólo las otras dos son específicamente humanas.

Pero FoxP2 es un gen que regula a otros genes. Geschwind ha rastreado el genoma entero en busca de los genes controlados por el FoxP2 humano y ha buscado las diferencias con la misma red regulada por el FoxP2 del chimpancé. "Hemos encontrado que un número importante de esos genes se activan de forma distinta en el cerebro humano y el del chimpancé", dice Geschwind. "Esto indica que FoxP2 conduce a estos genes a comportarse de modo distinto en las dos especies".

Los autores han identificado 65 genes subordinados que no hacen distingos de especie: responden igual al FoxP2 humano que al de los monos; pero también hay 61 genes que se activan más por el FoxP2 humano que por el del chimpancé, y otros 55 que hacen justo lo contrario. De modo que la pequeña diferencia en la secuencia de FoxP2 tiene un efecto nada pequeño en la actividad del genoma de las neuronas. El estudio de esos genes permitirá ahora seguir la pista a la evolución del lenguaje.